Mi nieto Oier y yo



Mi nieto mayor se llama Oier, cumplió dos años el pasado Septiembre, con apenas dos años ya se ha acercado en varias ocasiones a mi estudio donde disfruta garabateando con la pintura en papeles que pongo a su disposición, no me deja trabajar pero disfruto viéndole disfrutar a él. Hoy hemos salido juntos de excursión, hemos ido en tren desde Bilbao hasta Lezama, un viaje de apenas veinte minutos en un viejo tren que une el Casco Viejo bilbaino con los pueblos del Txorierri.
Apenas salir de Bilbao se accede al Txorierri a través de un túnel en el que Oier se distrajo comiendo unos cereales que le había puesto su abuela en la mochila, deben ser especiales porque no respiraba, ya a cielo abierto se puso de pie sobre el asiento y juntos observamos el paisaje por el que discurre el tren entre eucaliptos y pinos, prados verdes rodeando los caseríos y huertas con hortalizas y frutales mientras yo le leía los rótulos con los nombres de las estaciones en las que paraba el tren y observásemos los sonidos del traqueteo del discurrir del tren sobre las vías u oír los pitidos mecánicos que anuncian el cierre de puertas tras las paradas y que luego me recordaba él a mí en la siguiente estación haciéndome pillos gestos al oírlos él.
Ya en Lezama nos pusimos las mochilas a la espalda y nos acercamos al centro del pueblo. Oier inmediatamente se fijó en el tobogán y en los columpios que había tras la iglesia, pero seguimos hacia el centro con la disculpa que le llevaría de la vuelta al tren, en la plaza pasó lo mismo y accedí un rato antes de ponernos a pintar, porque pintamos juntos al tiempo que hablamos de las cosas que habíamos visto en el viaje o mirábamos al cielo ante el estruendo del paso de aviones a baja altura en busca de las pistas del cercano aeropuerto de Loiu, Oier impregnaba los pinceles con color y yo planteaba unas líneas iniciales en el papel mientras él garabateaba líneas y círculos para inmediatamente desechar el pincél que estaba utizando y pedirme el que yo había elegido..., instantes cortos pero intensos en los que para nada se trataba de seguir un método, era hablar, sentir cómo pasan las cosas...
En seguida llegó la hora de volver a casa, antes tomé un café en una de las cantinas camino de la estación en la que a Oier le regalaron un Chupa-Chups, nos acercamos a los columpios que hay junto a la iglesia y en unos minutos estábamos en la estación instantes antes de oír los sonidos mecánicos que anunciaban el cierre de puertas y oír los primeros traqueteos del tren ya en marcha. En la estación del Casco Viejo nos encontramos con Carmelo Camacho y a Oier volvieron a regalarle Chupa-Chups, dos en esta ocasión. Esta mañana mientras desayunaba vi sobre la mesa uno de los caramelos con palo que había abandonado.

4 comentarios:

MGM dijo...

Qué bonito dedicar parte de un tiempo a escribir un relato con su nieto.

MGM dijo...

Qué bonito dedicar parte de un tiempo a escribir un relato con su nieto.

MGM dijo...

Qué bonito dedicar parte de un tiempo a escribir un relato con su nieto.

Antón Hurtado dijo...

Me dejas el comentario por triplicado. Probleas técnicos de estos aparatejos, aunque mi nieto se lo merecería. Ayer mismo salí con el al campo, a charlar y a pintar; lo quiere él, y yo.
Saludos, AH